miércoles, 19 de agosto de 2009

Más educación ¡ya!

Cada 15 de agosto se celebra en el municipio tinerfeño de Candelaria, la festividad de la patrona de Canarias: la Virgen de Candelaria.
En realidad el día de La Candelaria es el 2 de febrero y hasta principios del siglo XX se celebraba en esa fecha. Gente de todos los puntos de la isla, se convertían esos días en peregrinos y por senderos que atraviesan los montes y cumbres de Tenerife acometían su pequeña aventura para visitar a su patrona y cumplir alguna que otra promesa. En invierno la climatologia en la cumbre es bastante dura y hasta hubo gente que murió, por ese motivo se decidió cambiar la festividad de febrero a agosto.



Hoy en día la tradición sigue viva y los días previos al 15 de agosto empiezan a llegar los romeros.
Mi casa está al pie del camino que va a Candelaria y he de decir, que de unos años a esta parte, la gente que hace el camino ha cambiado bastante. Bueno, lo que ha cambiado es la sociedad. El espíritu que movía antes a hacerlo es hoy bien distinto, la mayoría de la gente joven que lo hace aprovecha para hacer su botellón particular. Por las empinadas calles del pueblo ruedan los contenedores con su oloroso contenido, muchas farolas alumbrarán esa noche por última vez o aquel espejo del cruce con mala visivilidad dejará de existir............
La sociedad en general, necesita con urgencia un cambio. Se necesita educación, de la buena, claro.
Aquí dejo un fragmento del libro "Cuando la hierba es verde" de Esteve Serra. Que viene muy a cuento de "la educación".

En la vida del niño indio se conjugaban admirablemente la mayor libertad y la mayor disciplina. Libertad de acción en los ilimitados espacios naturales en los que transcurría la vida del indio, y la disciplina indispensable en una existencia llena de peligros en la que el autodominio podía ser a menudo la clave de la supervivencia. Los indios amaban tiernamente a sus hijos, que consideraban un don del Cielo, y su educación, destinada a formar hombres y mujeres capaces de dar lo mejor de sí en las duras condiciones de aquellos pueblos cazadores y guerreros, empezaba ya en el mismo momento de nacer, o incluso antes, como dice Ohiyesa.
Esta educación se basaba en la imitación de los adultos, los cuales debían esforzarse en dar el mejor ejemplo posible ante los ojos observadores de los pequeños, y pretendía - y conseguía- crear un sentido de la responsabilidad e inculcar unos valores espirituales y morales que eran la clave de la noble personalidad del indio. El niño aprendía a ser generoso y desprendido y a respetar a los mayores, cuyos relatos y enseñanzas escuchaba embelesado en las veladas junto al fuego, y participaba desde el principio y a su manera en todas las actividades de la vida tribal.
Así, esta enseñanza, vivida desde el primer momento de su existencia, hacia madurar bien pronto a los jóvenes indios, que a los catorce años podían ser ya cazadores y guerreros, o bien madres capaces de sacar adelante a una familia. Su vida sana, en contacto permanente con la naturaleza, de la que aprendían constantemente, les daba una envidiable vitalidad de cuerpo y espíritu, y la libertad en que se criaban contribuía, sin duda, a forjar ese carácter soberbiamente intrépido y libre que era el piel roja.

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